13 mar 2011

Presagio de una larga espera


Mientras tanto, espero.
El mundo cada vez se hace más pequeño,
los ruidos se oyen desde más lejos, el silencio
desaparece,
los mismos rostros sin ni siquiera dar un paso,
las mismas calles, o quizá yo camino más despacio.

Pero entre unas cosas y otras, espero.
Espero sentada, caminando esas calles,
escribiendo en las mismas hojas arrugadas
escuchando esas sirenas, las mismas canciones
-y cada vez menos. Menos de todo.
Susurrando las mismas palabras
(y qué breve se hace a veces el idioma
para expresar todo lo que una siente, qué injusto).

Entre tanto, yo sigo mirando por la ventana y esperando.
Descubro algo nuevo: la naturaleza avanza, es más hermosa,
más grande, más certera, más sofisticada, más brillante,
y yo cada vez más frágil, más pequeña, más nada,
en un mundo encogido de sombras y huellas
que no hacen más que repetirse día a día.

Pero sigo esperando. Esperándote.
Las flores comen, el mar avanza, la lluvia duele,
los patos ya vuelan, caminan y nadan, hasta bucean,
un temblor acaba con todas las esperanzas,
el sol ilumina más de cada sombra.
Y el ser humano a veces es tan rematadamente estúpido
que ya ni siquiera ama. O no es capaz de soñar un poco.
Permanezco sin pestañear un instante,
y alrededor todo cambia
menos la gente, que sige quita, muda, diminuta,
y finalmente desaparece...

Espero. Espero un poco más en la sombra.
Porque cuando no seamos ni existamos
y cuando todo lo que conocemos desaparezca, 
yo me conformaré con respirar un soplo de aire
para poder besar un día más -o sólo una noche- tu mirada. 







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